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Romanos 3:23

“23 pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”

Hay verdades que nos duelen, pero que necesitamos enfrentar de frente. Esta es una de esas: todos hemos pecado. Todos, sin excepción. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, personas religiosas y personas alejadas de la fe. Todos hemos fallado; todos hemos roto algo que no podemos reparar.

La Escritura no suaviza esta realidad, pero tampoco nos deja allí. Aunque esta verdad pueda parecer dura, incluso desoladora, lo cierto es que abre la puerta a una esperanza más profunda. Porque justo cuando reconocemos que no podemos salvarnos a nosotros mismos, descubrimos que no estamos solos.

Jesús, el único que no pecó, eligió cargar con nuestro pecado. Él vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir y murió la muerte que nosotros merecíamos. Lo hizo por amor. Para abrir un nuevo camino. Para darnos una segunda oportunidad… y una tercera, y una cuarta. Para hacernos partícipes de la gloria de Dios que habíamos perdido.

La vida cristiana no es un intento por alcanzar la perfección con nuestras propias fuerzas. Es una respuesta a ese amor que nos perdona y nos transforma. Es caminar cada día con Jesús, guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo, confiando en que su gracia puede hacer en nosotros lo que nosotros jamás podríamos lograr por nosotros mismos.

La santidad no consiste en nunca caer, sino en vivir rendidos a Aquel que nos levanta, nos limpia y nos enseña a vivir de nuevo.

Oración

Jesús, hoy reconozco mi pecado y mi necesidad de ti. He intentado vivir a mi manera y eso solo me ha alejado más de tu presencia. Gracias por amarme a pesar de todo. Gracias por tomar mi lugar, por darme esperanza y por ofrecerme una vida nueva. Ayúdame a caminar contigo, no confiando en mí, sino siendo sostenido por tu Espíritu. Amén.