
Genesis 1:1-2
1En el principio Dios creó los cielos y la tierra. 2La tierra no tenía forma y estaba vacía, las tinieblas cubrían el abismo y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.
¿Te has puesto a pensar que Dios creó todo a partir de la nada? Nosotros, como seres humanos, podemos construir, diseñar, o fabricar cosas, pero siempre partimos de algo ya existente. En cambio, Dios, en su infinito poder y sabiduría, creó el universo sin materia previa, simplemente con su palabra y voluntad.
Esto nos enseña una verdad profunda: nuestras vidas no son fruto del azar, sino el resultado de un diseño intencional. Dios no improvisó; Él planificó cada detalle de la creación, desde la vastedad del cosmos hasta lo más íntimo de nuestro ser. Y lo hizo por amor.
¿Puedes ver su ternura reflejada en los colores del atardecer? ¿Su creatividad en los sabores de los frutos? ¿Su majestad en las montañas y en la fuerza del mar? Cada elemento de la creación es un regalo que testifica del cuidado y propósito de Dios. Todo fue hecho para que tú y yo lo disfrutemos, y para que reconozcamos en ello a un Creador que nos ama y tiene grandes planes para nuestras vidas.
Este pasaje también nos muestra que el Espíritu de Dios estaba presente desde el principio, moviéndose activamente sobre las aguas. Así también hoy, su Espíritu se mueve sobre nuestras vidas, trayendo orden donde hay caos, luz donde hay tinieblas, y propósito donde hay vacío.
Oremos,
Señor, te damos gracias por tu creación. Gracias por tu grande amor hacia nosotros. Ayúdanos a valorar y cuidar lo que has hecho con tanto propósito. Que vivamos conscientes de tu presencia y tu intención amorosa en cada detalle de nuestra vida.
